lunes, 14 de enero de 2008

IQ - The Wake (1985)

¿Alguna vez un disco te ha dado la sensación de estar cerca de la muerte? Definitivamente no estoy hablando de una obra de Death Metal. El disco es de los ingleses IQ y se llama “The Wake” Grabado en 1985, este álbum -el segundo de su amplia discografía- contiene pasajes realmente extraordinarios que te acercan a sensaciones sombrías y tétricas. Su sonido, a pesar de ser considerado como mediocre y escaso de prolijidad, entrega una atmósfera de oscuridad y melancolía sin precedentes en el neo progresivo de los 80’s. Ni siquiera Marillion, la agrupación más importante de este género, había logrado algo tan impresionantemente interesante en términos musicales. La banda, integrada por Peter Nicholls en voz, Martin Orford en teclados y coros, Mike Colmes en guitarras, Tim Esau en bajo, y Paul Cook en batería y percusiones, posteriormente cambiaría su dirección a algo bastante más cercano al rock-pop, similar a los ya mencionados Marillion.

Volviendo al disco, se hace necesario mencionar que este se caracteriza por ser una obra conceptual. El tema principal versa en la muerte de un hombre que no desea aceptar su fatídica realidad. En ese sentido es muy consistente el sonido logrado con la temática fúnebre. Siete canciones y siete situaciones que experimenta el alma de aquel sujeto reacio a aceptar su destino. Abre el disco el tema Outer Limits, el cual comienza de forma bastante lenta, con bajo y batería como base principal. Luego se integrará el teclado y el resto de instrumentos progresivamente (batería y guitarra). Esto servirá como introducción al disco. Esta canción, de más de 8 minutos, es el fin de la existencia terrenal del sujeto. The Wake, la canción más corta del álbum (4:14), es el tema que continúa. Es la etapa en la cual el alma del individuo hace una revisión de su existencia sobre la tierra. Es básicamente él observándose a sí mismo. Posteriormente se encontrará frente a su destino y, también, a su incapacidad para aceptarlo. Luego, una luz a lo lejos lo invita a acercarse. De eso trata The Magic Roundabout, el tercer corte de la obra. Corners es la parte en la que el alma del sujeto decide escapar a su lamentable realidad. Para ello decide vagar por siempre en el purgatorio. Esto no durará mucho puesto que los recuerdos terrenales, especialmente ligados a la relación de amor con su esposa, lo harán recapacitar. Es de lo que habla Widow’s Peak, para muchos, con sus más de 9 minutos, el mejor tema del disco. Lleno de cambios y pasajes es, sin duda, una obra maestra del rock. The Thousand Days, el tema más oreja del disco, es el alma del sujeto. En esta parte el sentimiento de resignación se apodera de su alma y entiende que todo es como debe ser. La aceptación comienza a manifestarse en su ser. Finalmente Headlong dilucida el problema y, en conclusión, el alma del susodicho decide admitir su destino, que no es más que la muerte.

A estos tipos la creatividad y el talento le corría por las venas. La voz de Nicholls es, en cada tema, lo más destacado. Su timbre es de una particularidad extraordinaria. Eso entrega cierta identidad a la banda, algo realmente difícil de lograr gracias a la proliferación excesiva de agrupaciones musicales que intentan hacer buen rock. Otro punto importante de destacar es la extensión de los temas. A pesar de ser largos y promediar los 7 minutos, estos no son monótonos ni repetitivos. Es más, si hay algo que caracteriza el disco es la gran cantidad de pasajes, todos diversos y muy bien logrados. El sonido de la guitarra entrega una atmósfera, como ya se dijo, bastante tétrica. El trabajo de Colmes es interesante, pues a pesar de no ser el protagonista del disco, se nota un gran trabajo compositivo. Gran capacidad creativa y sentimiento, algo que muchos eximios de las seis cuerdas han olvidado que existe. El trabajo de Oxford en teclados es también un punto plausible. No cae en la cursilería característica de bandas del género. Sus composiciones no son de gran nivel técnico, pero logra entregar un ambiente inigualable que te envuelve en una atmósfera pocas veces logradas. También posee gran capacidad de comunicar sensaciones por medio de su instrumento, el cual viene a parecer una verdadera extensión de sus extremidades superiores. El bajo de Esau cumple con lo requerido por una banda de este nivel. Lo mismo de parte de Cook en los tarros.

En fin, cinco músicos que pasaron a la historia por esta obra, que no es más que la revitalización del estilo, que a fines de los 70’s mostraba signos de cansancio y crisis de creatividad. Paradójica y accidentalmente coincidente es el hecho de que el concepto del disco no sea consistente con la historia. Este álbum, que habla sobre la muerte, terminó por resucitar un cadáver que estaba listo para ser sepultado en las postrimerías del rock progresivo setentero. A pesar de todo lo destacable de este trabajo, es casi imposible encontrarlo en las tiendas que distribuyen música en nuestro país. En todo caso, eso no debiera sorprender mucho a los melómanos y músicos de nuestro país. El mercado está atiborrado de música chatarra.

IQ es la madre que parió ese disco titulado “The Wake”, en el cual la música parece ser algo bastante cercano a la perfección. Un disco de antología.
Lista de Temas
1 Outer Limits (8:14)
2 The Wake (4:14)
3 The Magic Roundabout (8:18)
4 Corners (6:18)
5 Widow's Peak (9:13)
6 The Thousand Days (5:13)
7 Headlong (7:27)

Lee mis cicatrices...

Hace algunos años frecuentaba a Sebastián, un viejo amigo que conocí en mis primeros años de colegio, cuando recién estaba aprendiendo a leer. Nuestra amistad se prolongó por varios años, desde nuestra más temprana e inocente infancia hasta los primeros años de adultez. Por esas inexplicables circunstancias de la vida dejamos de vernos debido a que él, como no tenía el dinero suficiente para estudiar lo que quería, tuvo que comenzar a trabajar y yo, por mi parte -con un poco más de suerte-, me dediqué a estudiar fuera de la ciudad.

Siempre recuerdo los buenos momentos que compartimos, desde aquellos lejanos y memorables fines de semanas que pasábamos jugando con sus pequeños autos de juguete en su casa, hasta esas calurosas tardes de verano que compartíamos tirados sobre el pasto del patio de mi hogar, tomando un par de cervezas y conversando sobre cualquier cosa, desde lo más intrascendente hasta la actualidad política en Medio Oriente. Era muy entretenido y gratificante compartir con él.

A pesar de ser buenos amigos, hubo algo que jamás le dije, y es que Sebastián tenía ciertas actitudes que llamaban bastante a mi atención. Actitudes e ideas que podrían considerarse “anormales”, tanto así que llegaba a causarme un poco de temor el solo hecho de pensar en ellas. Tenía cierto gusto y tendencia a disfrutar con el dolor de los demás. No estoy diciendo que inflingiera dolor o atentara en contra de alguien para poder satisfacer aquella rara manía. Jamás vi o supe de algo así que proviniera de él. Solo se reía de hechos puntuales que, por cierto, no eran necesariamente materializados por su persona. Por ejemplo, podía producirle gracia el hecho de que a un sujeto determinado le haya sucedido un trágico accidente y haya muerto producto de ello. O que alguien que conociera se hubiera caído paseando en bicicleta y gracias a ello tuviera que pasar un mes en el hospital para poder recuperarse.

Por otro lado e insistiendo en sus raras actitudes e ideas, también gustaba salir por las noches y frecuentar lugares oscuros y tenebrosos. Su lugar preferido era el cementerio. Cada vez que podía visitaba aquel tétrico lugar. Siempre me invitaba pero, creánme, jamás lo acompañé en sus andanzas nocturnas. Debo reconocer, insisto, que me daba bastante miedo tan solo pensarlo.

No es que sea cobarde, pero es que hay situaciones y cosas a las que uno les tiene cierto “respeto” sin tener necesariamente una respuesta racional o convincente para poder dar sentido a aquel desagradable e incontrolable sentimiento que todos, en algún grado, hemos experimentado. La verdad es que hasta a la persona más valiente le provocaría temor tan solo escuchar su más vehemente deseo. Lo que más anhelaba, decía él, era poder vivir en el cementerio, cosa bastante paradójica pues -pensaba yo- los cementerios son para la gente muerta, no para la gente que está viva aún.

Como dije antes, perdí contacto con mi viejo amigo por un lapso cercano a los 3 años. De hecho, en todo ese tiempo no lo vi, cosa rara tomando en cuenta que la ciudad en la que vivo es bastante pequeña como para no haberlo encontrado por azar en la calle algún día en esa fracción de tiempo.

El punto es que yo me encontraba de vacaciones y un día recibí una llamada a mi teléfono celular. Era él, cosa al igual extraña, ya que cuando dejé de verlo no poseía aquel aparatito con el que logró comunicarse conmigo. Quizás podrían pensar que un amigo en común le proporcionó mi número, pero eso es poco probable debido a que no tenemos amistades en común. Intercambiamos por un par de minutos algunas palabras escuetas y sin sentido, y luego, antes de cortar la llamada, me dijo que nos juntáramos en la plaza de la ciudad a las 6 de la tarde de ese mismo día.

La misteriosa llamada había sido cerca de las once de la mañana, así es que me puse a leer un viejo libro que había en mi casa. Como estaba de vacaciones entenderán que nada tenía en que ocuparme, por lo que debía hacer uso de mí tiempo de alguna manera hasta que fueran las 6 de la tarde, hora en que me juntaría con mi viejo amigo. Leí por largo rato aquel aburrido ejemplar del “Metamorfosis” de Kafka, hasta que me quedé dormido sobre mi cama. Desperté cerca de las 5; buena hora, pensé.

Comí algo, luego busqué mi discman, tomé un par de discos -uno de los The Cult y otro de Coroner- y salí de mi casa rumbo al centro de la ciudad. Tomé el acostumbrado camino y llegué a mi destino a pie, como siempre. Faltaban 5 minutos en mi reloj para que dieran las 6 de la tarde y él aún no llegaba, por lo que me senté en uno de los desvencijados bancos de la plaza a leer un pequeño libro de bolsillo que me habían prestado y que jamás había devuelto. “El horror de Dunwich” de Lovercraft ya es la historia de terror preferida por mi del ya muerto autor norteamericano. Lo he leído cerca de diez veces y aún disfruto examinando sus amarillentas hojas.

Dejé la lectura por un par de segundos para mirar a mí alrededor. Ya era la hora acordada y Sebastián no aparecía aún. Retomé la lectura cuando volvió a sonar mi teléfono celular. Era él. Me dijo que se había retrasado por lo que me pedía por favor que nos juntáramos en otro lugar más cercano de donde estaba él. Dije que me daba lo mismo y me propuso vernos en el cementerio. Pensé por un par de segundos para luego responderle que no tenía ningún problema.

Cortó la llamada y me dirigí al camposanto. La verdad es que no quería ir al cementerio debido a lo que les había mencionado antes; ese miedo incontrolable que aquel lugar me inspira. Más aún tomando en cuenta que ya estaba oscureciendo a esa hora en la ciudad. Pero debido al contexto -el hecho de no haberlo visto durante tanto tiempo- me obligó a dar una respuesta impulsiva que me comprometió con algo que siempre había ido en contra de mi voluntad.

Una vez ahí no logré ubicarlo. Aunque no lo crean, recorrí los pasillos del lugar dos veces tratando de encontrar a mi amigo. Esperaré un par de minutos más, pensé. Cuando ya emprendía el camino a casa recibí una llamada más de él. Me dijo que estaba cerca de una tumba, una tumba que se encuentra en el lugar más alto del cementerio y que se ubicaba justo debajo de un gran sauce llorón. Ya eran las 6 y media de la tarde y el encuentro se había postergado un poco. Le hice caso y tomé rumbo al lugar que me había indicado.

Todo esto me parecía demasiado raro. Hay mucho misterio detrás de esto, pensé. En fin, llegué al lugar y él estaba sentado justo debajo del árbol que me había indicado con anterioridad, sobre la tumba que me había mencionado un par de minutos antes. Solo podía ver su espalda mientras me acercaba lentamente hacia él. Supongo que escuchó mis pasos y debido a ello es que se dio vuelta para saludarme. Me dio un frío abrazo y me pidió que me sentara junto a él.

Su rostro y su apariencia en general habían cambiado demasiado desde la última vez que lo había visto, cosa que no me pareció rara por el momento. Habían pasado tres años. Pero al mirarlo con más detención a los ojos denoté cansancio y, quizás, dolor. El silencio llenó el espacio por largos minutos. Me sentía incómodo. No sabía sobre que hablar. Supongo que él tampoco sabía que decirme, porque a decir verdad, ambos teníamos la misma actitud de inefable pasividad. Me convidó una caja de vino que sacó de una mochila que llevaba.

-Bebe-me dijo. Necesitarás tomar un poco antes de que comencemos a hablar.

Insisto, todo esto me resultaba demasiado raro. Su silencio, sus gestos, su mirada, su olor. Al parecer estaba frente a alguien que no conocía y que nunca conocí. El miedo por el hecho de estar en ese lugar no existía en mí ser. La verdad es que, temor experimentaba aún, pero no por el hecho de estar sobre una tumba o en el campo santo. En realidad me producía terror estar cerca de mi viejo amigo. Bebí un par de tragos como él me había dicho.

Sigue bebiendo-insistió. Lo necesitarás para cuando comencemos a hablar

Consideré sus palabras nuevamente. La verdad es que tomé en cuenta su consejo, más por lo bueno que estaba ese brebaje que tantas veces había probado, que por el hecho de habérmelo pedido por una razón específica que, por cierto, desconocía por completo. No tuvo que insistirme en que bebiera más vino. Me lo serví completo sin siquiera protestar por su rara e insistente petición. El silencio seguía reinando en el lugar, hasta que mencionó debía contarme algo muy importante.

-Soy todo oídos- dije esperando una respuesta que me sacará de la duda del por qué tanto misterio.
-Miguel, estoy muerto- respondió.
-Ya saliste con tus chistes…
-Estoy hablando en serio
-Escúchate bien-repliqué. Dijiste: “estoy hablando en serio” y, hasta donde yo sé, los muertos no hablan.
-Estás sentado sobre mi tumba- respondió con mucha convicción y seguridad. Si no me crees, mira el epígrafe que está escrito ahí-dijo indicando con su dedo índice la cripta.
-Sebastián, en serio. Hace mucho que no nos vemos. Por favor habla en serio- espeté con una voz que denotaba cierto enfado.

Jamás me había hecho una broma sin decirme al rato que, justamente lo que me estaba contando, no era más que una simple broma. Seguía de espaldas hacia mí e insistió tanto en su afirmación que decidí, como él lo había pedido, leer el apócrifo mensaje que se escribía en la tumba. Arranqué el pasto que tapaba las desvencijadas letras y leí lo que decía. Quedé estupefacto luego de conocer el contenido de tal mensaje. Sebastián, si es que era él, por qué evidentemente dude de que efectivamente fuera él, tenía razón respecto del contenido que se escribía sobre la superficie del lugar indicado. Estaba su nombre escrito sobre el duro cemento.

-Debe ser un alcance de nombre-respondí dudando de la veracidad de la información que acababa de conocer.
-No, no es un alcance de nombre, insistió. Decidí cumplir mi más preciado sueño: vivir en el cementerio.

Esto no puede ser cierto, pensé. Esto es una broma, no puede ser real lo que ahora estoy viviendo. No puede ser. Él seguía sentado ahí de espaldas hacia mí. De tan solo pensar en la posibilidad de que lo que acababa de saber fuera cierto, es que sentí un pavor tan profundo y fuerte que me levanté del lugar, atemorizado. Volví mi mirada hacia el viejo sauce. Lo toqué para tratar de cerciorarme de que todo eso no fuera un sueño. Observé por un par de segundos el imponente árbol. Busqué la hora en mi reloj y marcaba las 8 de la noche.

Me di vuelta para poder hablar un poco más con Sebastián -a pesar del temor que me inspiraba su presencia- y ya no estaba. Había desaparecido su figura. Busqué con mi mirada un lugar al que se podría haber ido, pero no logré ver más su oscura figura entre los nichos del lóbrego cementerio. Al buscar en mi celular el número telefónico del cual me había llamado tres veces, no encontré registro de llamadas hechas a mi aparato ese día. Era obvio que muerto no estaba, pensé. Me llamó por teléfono. Hablamos unas palabras. Bebí un vino que él me había ofrecido. Me dio un abrazo.

-No puede estar muerto, dije en voz baja

Volví a leer lo que aquel oculto epígrafe comunicaba. Su nombre, tal como lo había dicho él, seguía escrito ahí. En ese momento comencé a dudar de la realidad que estaba experimentando. Todo era parte de mi imaginación, que no sabía nada más que buscar un pretexto para sacarme de la horrible rutina que día a día me torturaba. No, tan solo era un sueño, de esos tan profundos que parecen reales mientras se experimentan. O era parte de un cuento escrito por un demente que no puede sacar de su mente la espantosa idea de la muerte. Cuando ya me alistaba para abandonar el lugar, miré hacia el piso. Un pequeño y arrugado papel que decía mi nombre estaba en la húmeda superficie. Lo recogí y procedí a leer su contenido. Decía lo siguiente:

“Te equivocaste en todas las posibilidades que acabas de pensar sobre la razón de tu vivencia. La verdad es que lo que acabas de “vivir” no es parte de un profundo sueño tuyo o de la imaginación que posees. También es erróneo atribuírselo a alguien que escribió un cuento. Lo cierto es, mi querido amigo, que todo lo que experimentaste es parte de la imaginación de otra persona que, por cierto, no eres tú.”

Saludos a todos los visitantes

Este es un espacio que servirá -espero- para subir escritos hechos por este humilde proyecto de periodista. Las temáticas serán tan variadas como mis estados de ánimo o tus estados anímicos. Un día se encontrarán con un cuento y al siguiente puede aparecer un review de una banda que me agrade o una entrevista. En este espacio todo se vuelve impredecible...