
Hace algunos años frecuentaba a Sebastián, un viejo amigo que conocí en mis primeros años de colegio, cuando recién estaba aprendiendo a leer. Nuestra amistad se prolongó por varios años, desde nuestra más temprana e inocente infancia hasta los primeros años de adultez. Por esas inexplicables circunstancias de la vida dejamos de vernos debido a que él, como no tenía el dinero suficiente para estudiar lo que quería, tuvo que comenzar a trabajar y yo, por mi parte -con un poco más de suerte-, me dediqué a estudiar fuera de la ciudad.
Siempre recuerdo los buenos momentos que compartimos, desde aquellos lejanos y memorables fines de semanas que pasábamos jugando con sus pequeños autos de juguete en su casa, hasta esas calurosas tardes de verano que compartíamos tirados sobre el pasto del patio de mi hogar, tomando un par de cervezas y conversando sobre cualquier cosa, desde lo más intrascendente hasta la actualidad política en Medio Oriente. Era muy entretenido y gratificante compartir con él.
A pesar de ser buenos amigos, hubo algo que jamás le dije, y es que Sebastián tenía ciertas actitudes que llamaban bastante a mi atención. Actitudes e ideas que podrían considerarse “anormales”, tanto así que llegaba a causarme un poco de temor el solo hecho de pensar en ellas. Tenía cierto gusto y tendencia a disfrutar con el dolor de los demás. No estoy diciendo que inflingiera dolor o atentara en contra de alguien para poder satisfacer aquella rara manía. Jamás vi o supe de algo así que proviniera de él. Solo se reía de hechos puntuales que, por cierto, no eran necesariamente materializados por su persona. Por ejemplo, podía producirle gracia el hecho de que a un sujeto determinado le haya sucedido un trágico accidente y haya muerto producto de ello. O que alguien que conociera se hubiera caído paseando en bicicleta y gracias a ello tuviera que pasar un mes en el hospital para poder recuperarse.
Por otro lado e insistiendo en sus raras actitudes e ideas, también gustaba salir por las noches y frecuentar lugares oscuros y tenebrosos. Su lugar preferido era el cementerio. Cada vez que podía visitaba aquel tétrico lugar. Siempre me invitaba pero, creánme, jamás lo acompañé en sus andanzas nocturnas. Debo reconocer, insisto, que me daba bastante miedo tan solo pensarlo.
No es que sea cobarde, pero es que hay situaciones y cosas a las que uno les tiene cierto “respeto” sin tener necesariamente una respuesta racional o convincente para poder dar sentido a aquel desagradable e incontrolable sentimiento que todos, en algún grado, hemos experimentado. La verdad es que hasta a la persona más valiente le provocaría temor tan solo escuchar su más vehemente deseo. Lo que más anhelaba, decía él, era poder vivir en el cementerio, cosa bastante paradójica pues -pensaba yo- los cementerios son para la gente muerta, no para la gente que está viva aún.
Como dije antes, perdí contacto con mi viejo amigo por un lapso cercano a los 3 años. De hecho, en todo ese tiempo no lo vi, cosa rara tomando en cuenta que la ciudad en la que vivo es bastante pequeña como para no haberlo encontrado por azar en la calle algún día en esa fracción de tiempo.
El punto es que yo me encontraba de vacaciones y un día recibí una llamada a mi teléfono celular. Era él, cosa al igual extraña, ya que cuando dejé de verlo no poseía aquel aparatito con el que logró comunicarse conmigo. Quizás podrían pensar que un amigo en común le proporcionó mi número, pero eso es poco probable debido a que no tenemos amistades en común. Intercambiamos por un par de minutos algunas palabras escuetas y sin sentido, y luego, antes de cortar la llamada, me dijo que nos juntáramos en la plaza de la ciudad a las 6 de la tarde de ese mismo día.
La misteriosa llamada había sido cerca de las once de la mañana, así es que me puse a leer un viejo libro que había en mi casa. Como estaba de vacaciones entenderán que nada tenía en que ocuparme, por lo que debía hacer uso de mí tiempo de alguna manera hasta que fueran las 6 de la tarde, hora en que me juntaría con mi viejo amigo. Leí por largo rato aquel aburrido ejemplar del “Metamorfosis” de Kafka, hasta que me quedé dormido sobre mi cama. Desperté cerca de las 5; buena hora, pensé.
Comí algo, luego busqué mi discman, tomé un par de discos -uno de los The Cult y otro de Coroner- y salí de mi casa rumbo al centro de la ciudad. Tomé el acostumbrado camino y llegué a mi destino a pie, como siempre. Faltaban 5 minutos en mi reloj para que dieran las 6 de la tarde y él aún no llegaba, por lo que me senté en uno de los desvencijados bancos de la plaza a leer un pequeño libro de bolsillo que me habían prestado y que jamás había devuelto. “El horror de Dunwich” de Lovercraft ya es la historia de terror preferida por mi del ya muerto autor norteamericano. Lo he leído cerca de diez veces y aún disfruto examinando sus amarillentas hojas.
Dejé la lectura por un par de segundos para mirar a mí alrededor. Ya era la hora acordada y Sebastián no aparecía aún. Retomé la lectura cuando volvió a sonar mi teléfono celular. Era él. Me dijo que se había retrasado por lo que me pedía por favor que nos juntáramos en otro lugar más cercano de donde estaba él. Dije que me daba lo mismo y me propuso vernos en el cementerio. Pensé por un par de segundos para luego responderle que no tenía ningún problema.
Cortó la llamada y me dirigí al camposanto. La verdad es que no quería ir al cementerio debido a lo que les había mencionado antes; ese miedo incontrolable que aquel lugar me inspira. Más aún tomando en cuenta que ya estaba oscureciendo a esa hora en la ciudad. Pero debido al contexto -el hecho de no haberlo visto durante tanto tiempo- me obligó a dar una respuesta impulsiva que me comprometió con algo que siempre había ido en contra de mi voluntad.
Una vez ahí no logré ubicarlo. Aunque no lo crean, recorrí los pasillos del lugar dos veces tratando de encontrar a mi amigo. Esperaré un par de minutos más, pensé. Cuando ya emprendía el camino a casa recibí una llamada más de él. Me dijo que estaba cerca de una tumba, una tumba que se encuentra en el lugar más alto del cementerio y que se ubicaba justo debajo de un gran sauce llorón. Ya eran las 6 y media de la tarde y el encuentro se había postergado un poco. Le hice caso y tomé rumbo al lugar que me había indicado.
Todo esto me parecía demasiado raro. Hay mucho misterio detrás de esto, pensé. En fin, llegué al lugar y él estaba sentado justo debajo del árbol que me había indicado con anterioridad, sobre la tumba que me había mencionado un par de minutos antes. Solo podía ver su espalda mientras me acercaba lentamente hacia él. Supongo que escuchó mis pasos y debido a ello es que se dio vuelta para saludarme. Me dio un frío abrazo y me pidió que me sentara junto a él.
Su rostro y su apariencia en general habían cambiado demasiado desde la última vez que lo había visto, cosa que no me pareció rara por el momento. Habían pasado tres años. Pero al mirarlo con más detención a los ojos denoté cansancio y, quizás, dolor. El silencio llenó el espacio por largos minutos. Me sentía incómodo. No sabía sobre que hablar. Supongo que él tampoco sabía que decirme, porque a decir verdad, ambos teníamos la misma actitud de inefable pasividad. Me convidó una caja de vino que sacó de una mochila que llevaba.
-Bebe-me dijo. Necesitarás tomar un poco antes de que comencemos a hablar.
Insisto, todo esto me resultaba demasiado raro. Su silencio, sus gestos, su mirada, su olor. Al parecer estaba frente a alguien que no conocía y que nunca conocí. El miedo por el hecho de estar en ese lugar no existía en mí ser. La verdad es que, temor experimentaba aún, pero no por el hecho de estar sobre una tumba o en el campo santo. En realidad me producía terror estar cerca de mi viejo amigo. Bebí un par de tragos como él me había dicho.
Sigue bebiendo-insistió. Lo necesitarás para cuando comencemos a hablar
Consideré sus palabras nuevamente. La verdad es que tomé en cuenta su consejo, más por lo bueno que estaba ese brebaje que tantas veces había probado, que por el hecho de habérmelo pedido por una razón específica que, por cierto, desconocía por completo. No tuvo que insistirme en que bebiera más vino. Me lo serví completo sin siquiera protestar por su rara e insistente petición. El silencio seguía reinando en el lugar, hasta que mencionó debía contarme algo muy importante.
-Soy todo oídos- dije esperando una respuesta que me sacará de la duda del por qué tanto misterio.
-Miguel, estoy muerto- respondió.
-Ya saliste con tus chistes…
-Estoy hablando en serio
-Escúchate bien-repliqué. Dijiste: “estoy hablando en serio” y, hasta donde yo sé, los muertos no hablan.
-Estás sentado sobre mi tumba- respondió con mucha convicción y seguridad. Si no me crees, mira el epígrafe que está escrito ahí-dijo indicando con su dedo índice la cripta.
-Sebastián, en serio. Hace mucho que no nos vemos. Por favor habla en serio- espeté con una voz que denotaba cierto enfado.
Jamás me había hecho una broma sin decirme al rato que, justamente lo que me estaba contando, no era más que una simple broma. Seguía de espaldas hacia mí e insistió tanto en su afirmación que decidí, como él lo había pedido, leer el apócrifo mensaje que se escribía en la tumba. Arranqué el pasto que tapaba las desvencijadas letras y leí lo que decía. Quedé estupefacto luego de conocer el contenido de tal mensaje. Sebastián, si es que era él, por qué evidentemente dude de que efectivamente fuera él, tenía razón respecto del contenido que se escribía sobre la superficie del lugar indicado. Estaba su nombre escrito sobre el duro cemento.
-Debe ser un alcance de nombre-respondí dudando de la veracidad de la información que acababa de conocer.
-No, no es un alcance de nombre, insistió. Decidí cumplir mi más preciado sueño: vivir en el cementerio.
Esto no puede ser cierto, pensé. Esto es una broma, no puede ser real lo que ahora estoy viviendo. No puede ser. Él seguía sentado ahí de espaldas hacia mí. De tan solo pensar en la posibilidad de que lo que acababa de saber fuera cierto, es que sentí un pavor tan profundo y fuerte que me levanté del lugar, atemorizado. Volví mi mirada hacia el viejo sauce. Lo toqué para tratar de cerciorarme de que todo eso no fuera un sueño. Observé por un par de segundos el imponente árbol. Busqué la hora en mi reloj y marcaba las 8 de la noche.
Me di vuelta para poder hablar un poco más con Sebastián -a pesar del temor que me inspiraba su presencia- y ya no estaba. Había desaparecido su figura. Busqué con mi mirada un lugar al que se podría haber ido, pero no logré ver más su oscura figura entre los nichos del lóbrego cementerio. Al buscar en mi celular el número telefónico del cual me había llamado tres veces, no encontré registro de llamadas hechas a mi aparato ese día. Era obvio que muerto no estaba, pensé. Me llamó por teléfono. Hablamos unas palabras. Bebí un vino que él me había ofrecido. Me dio un abrazo.
-No puede estar muerto, dije en voz baja
Volví a leer lo que aquel oculto epígrafe comunicaba. Su nombre, tal como lo había dicho él, seguía escrito ahí. En ese momento comencé a dudar de la realidad que estaba experimentando. Todo era parte de mi imaginación, que no sabía nada más que buscar un pretexto para sacarme de la horrible rutina que día a día me torturaba. No, tan solo era un sueño, de esos tan profundos que parecen reales mientras se experimentan. O era parte de un cuento escrito por un demente que no puede sacar de su mente la espantosa idea de la muerte. Cuando ya me alistaba para abandonar el lugar, miré hacia el piso. Un pequeño y arrugado papel que decía mi nombre estaba en la húmeda superficie. Lo recogí y procedí a leer su contenido. Decía lo siguiente:
“Te equivocaste en todas las posibilidades que acabas de pensar sobre la razón de tu vivencia. La verdad es que lo que acabas de “vivir” no es parte de un profundo sueño tuyo o de la imaginación que posees. También es erróneo atribuírselo a alguien que escribió un cuento. Lo cierto es, mi querido amigo, que todo lo que experimentaste es parte de la imaginación de otra persona que, por cierto, no eres tú.”